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Nº 348 Actualizado a las 11:51:05
Portada > REPORTAJES
DE LA TIERRA PARDA
Paisajes y pastores de Extremadura, por JUAN DE LA CRUZ
26/04/2008 - 0:18 Escrito por e24h
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El viajero se ha ido, en unas horas de ejercicio y gimnasia mental, con su amigo Vidal, profesor de amplias y formativas pedagogías, y recorrer esa geografía extremeña que arranca en la frontera entre Toledo y Cáceres, mientras cabildean de los parajes extremeños, de las sensaciones de antaño, de los nuevos senderos de la sociedad moderna.

 

Viajar sin aceleraciones resulta un sano ejercicio para hacerlo con el recreo del placer contemplativo. Y dejarse llevar, más aún en este florecer primaveral, por la amarilla retama que divide la autovía, la densidad de cigüeñas que anidan en los predios de El Gordo, las vacadas charolesas pastando entre el sol y sombra de las dehesas o los blancos bandos de garcillas boyeras.

 

Los pueblos, al fondo, se retuercen en el horizonte. Y el viajero y su amigo Vidal se incrustan en ese recorrido, que vertebraba la antigua carretera, mientras transitan por la añeja estructura de sus municipios.

 

El viajero y su amigo Vidal transitan, acaso de forma cadenciosa, por los recovecos de antaño. Y observan el vuelo del halcón peregrino que otea, majestuoso, esperando llevar condumio al nido, el paso fugaz de las bandadas de anátidas camino del agua, una yeguada que galopa paralela al coche.

 

La primavera se ha hecho fuerte en estos días de abril tras haber dejado atrás un vómito de lluvias. Y que ahora, con ese sol que va tomando cuerpo de fuerza, da vida. La jara pincela del blanco de su flor una parte del camino, la chiribita amarillea esplendorosa y las amapolas tiñen de rojo grandes extensiones.

 

Entonces el viajero y su amigo Vidal se adentran Miravete arriba, ahora que el trazado de la autovía, lo deja en el olvido. Y suben con esa segunda marcha ralentizada, que camina sola, como trotona, mientras aspiran el vaho de aire sano que desprende un aroma serrano y puro. Miravete siempre fue una de las grandes atalayas para contemplar un paisaje pletórico de inmensidad. Y allí, sobre una peña, invadido por la nostalgia, observan cómo, a una prudencial distancia entre sí, corretean un zorro y un jabalí en una extraña competición. Los milanos juguetean en lo alto.

 

Ya en Jaraicejo se detienen en un bar, saborean un vino de Tierra de Barros junto a una sabrosa tapa de sangre encebollada, escuchan el gruñido de un cerdo y un haz de quiquiriqueos. Pasean un rato, les inunda un reguero de olores silvestres entre la retama, el tomillo y la hierbabuena, y se topan con un jumento de viejo y canoso pelo, de andar torpe, incapaz de sacudir la testuz para espantar las moscas.

 

Luego enfilan hacia Trujillo, uno de los más sorprendentes paisajes de la historia hecha arte junto a un laberinto de callejuelas y plazoletas en los entresijos de la ciudad.

 

El llano trujillano se expande, irisado de colores, hasta el infinito. El río Gibranzos lleva un mínimo hilillo de agua, casi anunciadora de una muerte súbita, y por sus cercanías, en medio de un vergel de encinas, ramonea un rebaño de cabras. El viajero y su amigo Vidal hacen un alto tratando de echarse una parrafada con el rabadán:

-- ¿Qué tal amigo? -le espeta.

 

El pastor luce una descuidada y canosa barba de tres o cuatro días, mira con esa plácida bondad de las horas que va dejando entre lentos paseos de una trashumancia de ida y vuelta, viste raídos pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, tiene el rostro cuajado y azuzado por las inclemencias del tiempo y escucha, zurrón al hombro, un cascado transistor. Apoyado en un artesanal cayado de alcornoque parece que le pesan los años.

-- Aquí echando un cigarrillo, compañero. ¿Y ustedes, a ton de qué paran por estos andurriales?

 

El viajero responde:

-- Es que me gusta el campo demasiado ¿sabe? Yo pasé, de pequeño, largas temporadas en un pueblo de por aquí cerca, Herguijuela. Y si dispongo de tiempo me gusta pararme con los pastores, recorrer los pueblos, echarme un trago con los paisanos.

-- Usted es un romántico, jefe. Pero ya me gustaría verle aquí, en mi puesto, trasegando con el ganado. Que esto ya es otro cantar. No se yo si no cambiaría de opinión echando leches, vamos, lo que se dice en menos que canta un gallo. Total, para sacar tres perras y media. ¿Hace un cigarro?

 

Vidal, fumador desde los quince años acepta el pitillo. El viajero no fuma. Y los tres amigos pegan la hebra. La severa intensidad de la crudeza del campo de Extremadura, entre horarios inacabables, tareas rudas, climatologías adversas, largas soledades entre los senderos del camino, un inexistente reconocimiento, un laboreo permanente y una pobre remuneración, se concluye, perfilan una especie de acuarela de tiempos que ya no quiere casi nadie. Al ganado le espera un futuro estabulado.

 

Detrás de Romualdo, para servirles, queda un amplio bagaje de una cultura pastoril que se diluye entre cencerros, rabeles, tonadas, gazpachos, silbidos, ordeños, migas, clases de hierbas.

 

Muy a lo lejos unos centenares de ovejas, al otro lado de la larga alambrada, sobre la silueta de Trujillo, ponen una nota de amarillo sobre el verde del pasto.

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Pastor con sus ovejas y el perro guardián
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