Había pensado visitar, en el monasterio de Yuste, la exposición sobre los últimos años del Emperador Carlos I de España y V de Alemania pero, como era lunes, la encontré cerrada. En la explanada vi el indicador: "Garganta la Olla 6" y pensé que sería una buena alternativa puesto que ya hacía muchos años que no visitaba este pueblo tan singular. Es una carretera para ir despacio, disfrutando del paisaje que conforman los robles, olivos, maquis... en un contexto todavía verde primaveral.
Cuando veo el anuncio del mirador de "La Serrana", me paro a contemplar el pueblo en su conjunto, allá abajo a 450 metros sobre el nivel del mar y rodeado de montes. Las tierras próximas están cultivadas en bancales donde prosperan los cerezos, los castaños, los olivos y los frambuesos, principalmente.
La estatua de "La Serrana" mira al pueblo, aunque ya no amenaza, sino que se ha convertido en un atractivo turístico, por lo que ha sido un acierto colocar allí su imagen según la cuenta la leyenda, que también se ha transcrito. "Alta, rubia y sandunguera" enamorada del caballero D. Lucas de Carvajal, sobrino de un Obispo de Plasencia, que traicionó sus juramentos y la dejó abandonada después de gozarla. Para ocultar su deshonra, huyó a la Sierra de Tormantos y allí juró vengarse de todos los hombres que encontrara en su camino. Detenía a los viajeros, los llevaba a su cueva, les daba de comer abundantemente, satisfacía con ellos sus apetitos sexuales y luego, les daba muerte. Sólo un pastorcillo logró escapar de sus garras, y ese fue el principio de su caída.
Encontramos a continuación la Garganta Mayor, que aprovecha la falla existente para llevar sus frías aguas a través de estas tierras entre bosques-galería de alisos, proporcionando alojamiento a las truchas que son los únicos peces que las habitan. Aunque no debería ser, porque se contaminan estas aguas cristalinas, también sirve como lavadero de perros.
Llego hasta la plaza donde se encuentra el aparcamiento y, con acierto, han prohibido el paso de vehículos hacia el centro del pueblo, con lo que se evita el agobio que producen los coches de los visitantes en tan poco espacio disponible. Atrás queda la ermita del Cristo del Humilladero. Es una pequeña construcción, del siglo XVIII, de mampostería y sillería con dos pórticos adintelados que cobijan las dos puertas de los pies y del lado del evangelio.
Inicio el recorrido por la calle del Chorrillo, y recuerdo el cantar típico, aunque no sé si se refiere a esta calle: "No creas que por ti voy/al Chorrillo a beber/no voy por tí ni por naide (bis)/ que voy porque tengo sed". Podría servir.
Lo primero que encuentro es la Casa de Postas, de 1576, según figura en la columna-barómetro que sostiene la balconada. Digo lo de barómetro porque, cuando presiente la lluvia, sale una mancha oscura hacia la mitad exterior.
En la misma calle está la del Conde de Azevedo, otra en la que se lee "Feliz Mesón Gómez. Año de 1741" y la "Casa de las Muñecas" de color añil intenso, en cuya portada está esculpida la figura de una dama, ya que desempeñó la función de prostíbulo, en el que se holgaban las tropas que acompañaron hasta su retiro al Emperador. Se cuenta que tenía una abertura en la puerta a la altura que permitía al caballero asomarse al interior sin desmontar. Las mujeres estaban situadas en torno a una balaustrada desde la que podían ser contempladas. Si al caballero le agradaba lo expuesto, echaba pie a tierra y pasaba al zaguán.
Llego a la Plaza Mayor, donde antaño se celebraban las fiestas populares taurinas, ya que una de las calles próximas lleva el nombre de "El Toril" y precisamente ahí está enclavado el Museo Etnográfico o de la Inquisición. De mi visita anterior recordaba a quien fue nuestro anfitrión "Don Antonio" que era un personaje con un atractivo muy grande, un verdadero "showman", puesto que además de explicar con gracia las tremendas torturas de los prisioneros de la Santa Inquisición, puede que con algo de fantasía para aterrorizar a los asustados visitantes y provocar el morbo, era un consumado músico del laúd, del rabel o la vihuela, interpretando romances muy antiguos. No es fácil hoy encontrar personas como él, y es una pena, porque el turista busca encontrar experiencias que le emocionen y le hagan salir de la rutina, que les descubran una nueva filosofía de la vida. Ahora está cerrado pero, según me dijeron, está previsto que se abra próximamente. Esperemos que quien haga de guía tenga, al menos, la mitad del salero que tenía Don Antonio para cautivar a los visitantes.
En la plaza luce la fuente del Chorrillo, y solamente en la fachada del Ayuntamiento aparecen unos soportales en los que se cobijan, formando tertulia, los ancianos del pueblo. A finales del siglo XVI llegó a tener 558 vecinos y se convirtió en la población pechera más importante de la Vera. Hoy no sé los que tendrá pero, imagino, que son bastantes menos. Bajo los soportales se guarda un pequeño rollo del siglo XVII en cuyo capitel se esculpen dos rostros grotescos.
Superada la plaza, en la misma dirección de la calle Chorrillo, se encuentra la de las Gradas y en ella la Casa del Inquisidor (no tuve la precaución de anotar el nombre del presbítero que figura en el dintel y ahora no lo recuerdo). En otra portada, la de la casa nº 5, están esculpidos rostros humanos. Por esta calle se va a la iglesia de San Lorenzo, pero no tuve ocasión de llegar porque me entretuve fotografiando portadas de casas (Foto 9) y dinteles con inscripciones y entonces fue cuando encontré a una persona joven que me preguntó si sabía descifrar lo allí escrito. Le dije que sí y el motivo por el cual lo sabía y desde ese momento nos hicimos amigos. Se trataba de Bonifacio Montes, del bar Capitán Vinagre, muy próximo a donde nos encontramos. Me invitó a pasar, me contó que el nombre del bar no tiene nada que ver con su carácter que, como pude comprobar nos es "avinagrado" sino porque su especialidad son varios guisos con vinagre. Me dijo que era aficionado a la Historia y que había descubierto un petroglifo en las inmediaciones del pueblo. Si visitan el pueblo no dejen de conocer a Bonifacio porque hace honor a su nombre ("el que hace el bien") y sus especialidades porque seguro que están riquísimas, por lo que pude comprobar en el pincho de la cerveza a la que me invitó. Estas personas tan acogedoras dan singularidad a los pueblos extremeños y no sólo la arquitectura tradicional que atesoran y conservan en ellos (algunas veces, como pueden, porque no hay medios para conservarlo todo).
Me propuso acompañarle, ya que había quedado a las 12 con su amigo al que llamaba "Capitán" otra persona muy amable que nos mostraría su casa, en la que había construcciones muy interesantes. Pero antes, pasamos por la calle Llana, abundante en arquitectura tradicional de gran empaque, con dinteles fechados, y vimos en una de las transversales, la Casa de la Cárcel Pública de 1840, y otra perteneciente al Almirante Carvajal, según reza en un cartel explicativo que han colocado en los monumentos más destacados. Por cierto que el escudo Carvajal está mal diseñado porque aparece con una barra y la bordura de hojas y bellotas de roble (de carvallo, Carvajal, es un escudo parlante), cuando debería ser una banda de sable (negro).
Llegamos al barrio de la Huerta, un pequeño espacio rectangular con casas de entramado, en cuyo frente norte podemos apreciar una interesante alineación de soportales. Bajo uno de ellos está la casa de "Capitán" que nos espera puntualmente y nos hace pasar, tras una charla sobre la historia del pueblo y los recuerdos de Bonifacio, de cuando participó en el rodaje de "La Serrana de la Vera" en aquel rincón, haciendo el papel de alguacil. "Tenía 15 años, pero ya era un buen mozo, tan alto como soy hoy". La casa parece que tiene aire acondicionado por lo fresquita que está, pero la temperatura es natural y hay que arroparse con una manta por la noche.
Tras el zaguán, una bodega con dos estancias, un pilón que se usaba para pisar la uva, y unas escaleras que conducían a una estancia con bóveda de cañón realizada con sillares graníticos que daba paso a otra rectangular hecha del mismo material, con una chimenea que salía a la calle y que taparon en las últimas obras de la calzada. Otras escaleras llevan a un espacio con varias hornacinas donde se ubicaban las tinajas de vino (que debía ser bueno por lo escondido que lo tenían y lo bien que procuraban conservarlo).
Agradecido a los dos por haberme proporcionado esta "aventura" impensada, me vuelvo a Cuacos de Yuste, donde me esperaban sin saber de mí, porque mi móvil estuvo sin cobertura el tiempo que pasé en Garganta la Olla. Lo que les decía, un lugar ideal para "perderse" y disfrutar del pasado y de gentes encantadoras, especialmente cuando celebran las fiestas de Santa Isabel, en que bailan "las italianas" o en San Lorenzo en que lo hacen "los danzantes".
Antonio Bueno Flores.
Miembro de APETEX
-Asociación de Periodistas y Escritores de Turismo de Extremadura-