Con el otoño recién comenzado se inicia un periodo de significativos cambios climatológicos, que conlleva el inicio del frescor tras el estío, las primeras lluvias que tanto demandan el campo y los embalses, la reducción de la luz del día y la caída de la hoja. Todo ello la mar de natural.
Pero este otoño, que ya serpentea en su primera semana de vida, va a repercutir en Extremadura, consideramos que de modo palpable, en los movimientos de la vida política que ha dejar al medio unas estelas de compromisos con la región. Y, como consecuencia, en el pulso de los pueblos y ciudades, en el debate entre las fuerzas políticas y en la tertulia callejera.
Acaso porque existe un tema de una más que preocupante inquietud, como es el de la intensidad huracanada de la crisis económica, que se fortalece en un auténtico desafío a la imaginación y el reto de las alternativas y proyectos a llevar a cabo por las diferentes administraciones, nacional, autonómica, provincial y local.
Una crisis que afecta también de lleno a Extremadura con la exposición de una serie de nuevos proyectos que se han de plasmar en toda su extensión para reasentar la base de la confianza social. Ahí radica un campo de nuevos retos con la región. Por ejemplo la urgencia de las nuevas infraestructuras, la revitalización del sector empresarial, el fortalecimiento de la economía, el riego de la atención en la agricultura y la ganadería, la dinamización de las expectativas laborales de los más jóvenes. Como consecuencia las miradas hacia la exigencia de las demandas sociales.
Un otoño también diferente porque el PP Extremadura se enfrenta a un debate de una magnitud muy importante. El cambio del liderazgo, tras veinticinco años y medio de derrotas ante el adversario socialista, y con unos vientos huracanados en el posicionamiento interno, con delicadas acusaciones contra la dirección regional, todavía vigente, y que se ha enrocado en un clamoroso e inexplicable silencio ante las duras acusaciones formuladas por los críticos.
El PP, tras el despiste con la figura de Teresa Angulo, cuando todo se encontraba pactado, que casi con toda probabilidad presidirá José Antonio Monago, cuestionado por una parte de las bases, como es el derivado de su actitud en los episodios de Valencia del Mombuey, su multiplicidad de cargos, su reacción a la hora de ser designado senador autonómico, primero que sí, después que no, y finalmente que sí , su propia palabra de que no concurriría a la elección presidencial popular regional, así como sus propios sesgos en el entorno de la dirección regional, le han lanzado a la polémica. Polémicas que a Monago, para no engañarse, le motivan.
En esta situación el PP tiene por delante, a partir de hoy, cuarenta días justos, con sus cuarenta noches, como el Diluvio Universal, en un tiempo en el que, muy probablemente, no va a ser posible la paz entre oficiales y levantiscos. Y menos a ningún precio.
Al medio numerosos desencuentros, una gran diversidad de discrepancias, unas vías de diálogo rotas, como han dejado constancia los candidatos Pedro Acedo y Rafael Mateos, y un contencioso que se promete firme y duro entre la dirección nacional, respaldando a un cuestionado Carlos Floriano, que continúa envuelto en el mutismo, y los contestatarios, cansados de una dirección demasiado desangelada así como de relevantes desaciertos.
El PP de Extremadura, tal como se va viendo, no se encuentra en su mejor momento. Y, salvo error u omisión, antes del Cónclave, durante el mismo, y, después su celebración, las hipótesis barajan levantamiento de ampollas. La crudeza de llevar veinticinco años y medio a la conquista de una tierra prometida que no llega va dejando muchos cadáveres en el camino.
Así las cosas la dirección nacional sde vuelca con Monago, que las va a pasar de a kilo, y que ahora es cuando va a saber lo que es la política, cuando se prepara para tomar la alternativa. Pero el morlaco de su doctorado en tauromaquia política dispone de porte astifino, de una cornamenta de armas tomar y de una estampa que ha ha asustado en el sorteo de la lidia. A pesar del padrinazgo de Rajoy, Cospedal y Ana Mato desde Génova