Extremadura, un reto de futuro, por JUAN DE LA CRUZ
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Extremadura se configura como un reto de futuro, como un destino universal. Una tierra levantada a pulso de los sacrificios, las carencias y los padecimientos más crueles y severos con unas gentes todo corazón. Un corazón, con el más profundo amor propio de un puñado de generaciones que, en un período determinante de la historia, la postguerra civil, sobre todo los años cincuenta, sesenta y setenta, sus hombres y mujeres, luchadores hasta la médula de la dignidad y la resignación, sufrieron en sus carnes las llagas de la opresión. Entonces se iniciaban los procesos desarrollistas en el País Vasco y Cataluña. El campo, uno de los pilares básicos de la Extremadura de aquel periodo, comenzó a ser esquilmado a través del mayor drama histórico-social de la tierra. La emigración.

Y decenas de miles de hombres y mujeres, ochocientos mil aproximadamente según los datos de los estudiosos, que se levantaban cada día con el dolor del amanecer entre los surcos del subdesarrollismo, iban sacando a esta tierra adelante, poco a poco, entre sudores y lágrimas, de un atolladero. Entre incomprensiones, insolidaridad y desatenciones. Extremadura era carne de cañón del poder central.

Como consecuencia se dio paso al éxodo migratorio. Y numerosas familias se quedaron desangeladas en la desesperanza del adiós porque la diáspora dio paso a ese brutal ataque represivo contra el pueblo cuando sus brazos más jóvenes abandonaban la tierra, los pueblos y el campo para ganarse el pan con el inveterado sudor de la emigración, de los arrabales, de los polígonos industriales, del pluriempleo, de dejar atrás, en el camino, la inmensidad de la sangre de la familia, la densidad de los recuerdos de la tierra, como goterones que rasgaban el alma de la pena y el pesar. Los pueblos de adobe se desmoronaban y se desangelaban de soledad, de abandono, de silencio. Y, lo que es más duro, y aún sigue latente, de despoblación. El campo sufría la flagelación de unos trabajos irredentos.

Atrás quedaba un vergel de hermosuras, de bellezas, de tierras ricas y fecundas. Y de municipios que sufrían la despoblación, el envejecimiento rural, la dispersión territorial, las dificultades estructurales de una nueva sociedad, el anquilosamiento de sus paredes humanas.

¡Cuánta pena, cuánto dolor y cuanto sufrimiento en miles de familias que padecían ese calvario del gobierno central! Y, como siempre, tal como figura en las páginas de la historia, germinaba en la raíz de tantos extremeños un titánico esfuerzo de solidaridad con otras regiones cuando la tierra y su latido humano se deshacía en dolores. La gente extremeña cooperando al levantamiento de otros pueblos, a pulso de sus brazos y vértigos de miserias, mientras Extremadura se quedaba atrás en un planteamiento de incomprensibles marginaciones.

En aquellos tiempos se perdió un potencial humano de innegables perspectivas. Y se perdió, también, una parte considerable de su estructura y de su identidad popular, de su cultura, de sus potencialidades para vertebrar el mayor y mejor desarrollo posible. La tragedia de la dictadura que rasgaba Extremadura en miles de afluentes de un riachuelo llamado abandono.

Extremadura se conformaba como un largo y reseco lago de agua. Y cuanta más ayuda necesitaba, solo para salir adelante, solo para comer, solo para alentar la crianza y el crecimiento de unas generaciones en la cultura del trabajo, entregada al sudor de la vida más dura como fuente de resignación y de amor propio, para fortalecer el camino y la esperanza de la vida, más se castigaba a un pueblo modélico en su sensibilidad.

Todo un paso de abandono, de silencio, de soledad, de llanto, de dolor, de inmensos quejidos en la injusticia, en la insolidaridad. Y, lo que es peor, de desesperanza.

Luego, un buen día, comenzó a edificarse, en el ejercicio de una exquisita dignidad popular, el armazón de la sensibilidad democrática. El pueblo se exaltó de alegría. Boinas desgarradas y sombreros de paja al aire entre celebraciones y algarabías. Hermanamiento de sentimientos. Brindis a la nueva historia popular. Sonaron los laúdes, las panderetas, las guitarras, los hierrillos, los tamboriles, las flautas, las bandurrias, las castañuelas. La canción Libertad sin Ira recorrió la epidermis de todo el pueblo. Verso a verso. Y surco a surco. El aperturismo y la participación ejemplar se unieron en esa cooperación común llamada esperanza. Y poco a poco la tierra extremeña comenzó a salir de una etapa, tantas veces negra, en la que ya se cimentaba, paulatinamente, la España de las Autonomías.

Se inició un trabajo de un ritmo intensivo, plagado de iniciativas, de ensueños, de esfuerzos. Asperos y duros, sí. Pero ilusionantes. Y, con el paso del tiempo, Extremadura iba cambiando, paulatinamente, su fisonomía. Y, al tiempo, su esencia.

Se llevaron a cabo iniciativas políticas, debates ideológicos, convocatoria de sufragios. Listas abiertas a Ayuntamientos y Parlamentos sin marginaciones. Más allá negociaciones en beneficio común de los pueblos de España. Y, sobre todo, la labranza de los caminos de la democracia.

Extremadura anhelaba ser, cada día, más y mejor Extremadura. Entonces se perfilaron otros pilares de desarrollismo y modernidad, de anclaje en la normalidad del país, de buscar los recovecos de la igualdad, de la justicia social, del derecho a la evolución de los pueblos.

Los hombres y mujeres se ilusionaron con empeño. Y fueron capaces de llevar las andas de la lucha y el bienestar hacia el progreso en ese continuado ritmo del trabajo. La industria crecía en el reto de una nueva etapa, como lo hacía la economía, el campo, las carreteras, la dinámica agrícola y ganadera, la vertebración como pueblo, la cohesión como como conducta social, la sensibilidad como estandarte.

Un Gobierno autonómico. Un himno. Una bandera. Lágrimas de honradez y orgullo al viento de los anhelos de la colectividad.

El pueblo comenzó a vibrar en la transformación de la realidad. Y, poco a poco, comenzaron a sembrarse, y a crecer otras estructuras. Empresas, Universidad, Leyes, debates parlamentarios, pactos con el Estado central.

El perfil de Extremadura se transformaba con esa luz de los nuevos horizontes. Atrás queda la página de la historia del subdesarrollo. En el presente, un esfuerzo de generosidad para tomar el pulso al camino más necesario para el bienestar de la sociedad. Por delante, el futuro de las nuevas generaciones.

Se alcanzaron grandes logros. Marcos y acuerdos de empleo, de cooperación con Europa, de ayudas estatales, de coordinación con instituciones y entidades para hacer posible que Extremadura se acercara al nuevo modelo del desarrollismo incrustada en el eje vertebral de tantos afanes.

Hoy Extremadura, con muchas asignaturas pendientes, lógico, ha logrado superar con creces una historia de olvidos, de silencios, de apartamientos, de insensibilidades. Hasta conformarse de una voz y un grito de rebeldía que supieron mantener, con la bandera ondeando en el desierto, todos los que tuvieron la capacidad de aguante para permanecer en pie en una tierra en la que el sufrimiento, entre miserías y descalabros, era el día a día.

Extremadura es, ahora, es un inmenso confín. Un vergel de caminos donde se recogen, paulatinamente, los frutos del desarrollismo. Los procesos económicosociales, históricos, turísticos, paisajísticos, industriales, rurales, educativos, sanitarios, han llevado a cabo, y continúan en esa labor de una forma empedernida, todo un recorrido de los más gigantescos esfuerzos.

Del desierto de la dictadura se pasó al jardín de la democracia. Con la colaboración de todos, con la esencia de la participación, con la garra, el tesón y el coraje de una raza ejemplar, con humildad y sencillez, sí. Pero con dignidad y honor.

Extremadura se configura, hoy, como un destino ejemplar.

 

 

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